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Casillas del Ángel : Fuerteventura

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La tienda de Cito y María Antonia: El corazón de un pueblo majorero

En una época en la que la conectividad era un lujo.

Antes de convertirse en el tendero de referencia para sus vecinos, Ignacio Barrios González —conocido entrañablemente como Cito— fue panadero. Justo detrás de su vivienda se encontraba su horno de leña, donde a diario calentaba la leña, elaboraba el amasijo y salía a repartir el pan recién hecho por las localidades cercanas.

Hacia el año 1962, decidió dar un paso más y abrió las puertas de su tienda en un almacén colindante con su casa. Durante casi cuarenta años, Cito y su señora, María Antonia, estuvieron al frente de este comercio que terminaría convirtiéndose en un pilar fundamental para la comunidad.

Entre la familia, el comercio y la alcaldía

Para Cito, la vida cotidiana implicaba hacer malabares entre tres grandes responsabilidades: su familia, el comercio y su labor como alcalde del pueblo. En algunas de las charlas que solía compartir, confesaba que en más de una ocasión se sintió tentado de cerrar la tienda y trasladarla a la capital. La razón no era otra que la despoblación: en aquellos tiempos difíciles, la localidad apenas alcanzaba la treintena de vecinos.

A pesar de las adversidades, el negocio resistió hasta no hace muchos años. Y es que la tienda era mucho más que un lugar de abastecimiento; era el principal nexo de unión entre los escasos vecinos y el resto del mundo.

En una época en la que la conectividad era un lujo, en su comercio se encontraba instalado el único teléfono que mantenía al pueblo comunicado con la isla y el exterior. Ya entrado el siglo XX, la localidad solo contaba con una cabina pública y con el teléfono de la tienda de Cito. A través de aquel aparato llegaban a las familias las buenas noticias y, en ocasiones, también las no tan buenas.

Abastecimiento, telas y trueque: La economía de supervivencia

En una época en que Casillas del Ángel se caracterizaba por su importante actividad agrícola cerealista (marcada por la figura del medianero) y ganadera, las familias subsistían principalmente de lo que producía la tierra y el ganado. Como el dinero en efectivo escaseaba, el trueque era la práctica habitual: los vecinos intercambiaban queso, huevos o cochinilla por productos de primera necesidad que el campo majorero no producía, como aceite, azúcar o petróleo.

La tienda de Cito abastecía a la comunidad con estos víveres básicos. Además, con el paso del tiempo, el negocio se amplió con un comercio anexo a la tienda de comestibles donde comenzaron a vender telas, útiles para el hogar y, poco a poco, ropa, calzado e incluso algunos muebles.

La economía local también miraba al mar. Al concluir las labores agrícolas, algunas familias se trasladaban a la costa majorera para recolectar lapas, burgaos y mejillones que luego embotellaban para su venta en la tienda, junto a pescados secos o en salazón, la forma tradicional de conservar el género en la isla.

Un legado que perdura

La historia de Cito y María Antonia refleja el espíritu de resistencia, solidaridad y trabajo duro del campo de Fuerteventura. Su comercio no solo vendió víveres; tejió la red social y humana de un pueblo en tiempos donde la cercanía lo era todo.

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