La isla de El Hierro volvió a convertirse en el epicentro del trail running nacional con la celebración del emblemático Maratón del Meridiano. En esta edición, el protagonismo local recayó sobre Kilian Camacho, corredor del Club Deportivo Terachi, con sede en Casillas del Ángel, quien completó una actuación digna de enmarcar en una de las pruebas más exigentes del calendario canario.
Camacho tomó la salida en la competitiva categoría Máster 40, enfrentándose no solo a un desnivel técnico y paisajes de vértigo, sino también a un nutrido grupo de 255 corredores de alto nivel. Con una gestión de carrera inteligente y un ritmo constante, el atleta majorero logró cruzar la meta en una meritoria 56ª posición.
Este resultado sitúa a Camacho en el primer cuartil de su categoría, consolidando el gran trabajo que se realiza desde el C.D. Terachi. Su desempeño en «la isla del fin del mundo» es un testimonio de superación y constancia, dejando en lo más alto el nombre de Casillas del Ángel. Tras este éxito en El Hierro, el corredor ya pone la vista en sus próximos retos, con la satisfacción de haber conquistado los senderos de los antiguos bimbaches.
En el interior de la isla de Fuerteventura, donde el paisaje se tiñe de ocres y el viento susurra entre las laderas, se encuentra Casillas del Ángel. Este pequeño núcleo poblacional no solo destaca por su tranquilidad y belleza rural, sino por ser el guardián de un legado histórico que se remonta al siglo XVII. El epicentro de esta identidad es, sin duda, la Ermita del Ángel, una modesta pero significativa construcción que no solo dio nombre al pueblo, sino que sirvió como refugio espiritual para las familias que se asentaron y vivian estas tierras.
Orígenes y Fundación: El Siglo XVII
La historia de la Ermita del Ángel comienza en un periodo de expansión agrícola y ganadera en Fuerteventura. Durante el siglo XVII, la población de la isla buscaba asentarse en zonas de interior que ofrecieran mejores condiciones para el cultivo y protección frente a las incursiones piráticas que asolaban las costas.
Fue en este contexto cuando se erigió la pequeña capilla dedicada al Santo Ángel de la Guarda. Aunque hoy la Iglesia de Santa Ana (construida posteriormente en el siglo XVIII) es el templo principal del pueblo, la Ermita del Ángel representa la «semilla» original. Su construcción fue impulsada por la devoción popular de los vecinos de las entonces llamadas simplemente «Casillas», quienes deseaban un lugar de oración cercano sin tener que desplazarse a la parroquia de Antigua o de Betancuria.
SANTO ANGEL CASILLA
Arquitectura: La Belleza de la Simplicidad
La arquitectura de la Ermita del Ángel es un ejemplo canónico del estilo mudéjar canario adaptado a la austeridad de Fuerteventura. Se caracteriza por:
Muros de Carga: Construidos con piedra volcánica local, cal y arena, diseñados para resistir las inclemencias del tiempo y mantener el frescor interior.
La Espadaña: Un elemento distintivo de las ermitas isleñas. Se trata de un muro sencillo que sobresale de la fachada donde se sitúa la campana, cuya función era convocar a los fieles de los alrededores.
Cubierta de Teja: El techo de madera en el interior (artesonado) y las tejas árabes en el exterior reflejan la influencia de la carpintería de lo blanco, típica de las construcciones religiosas de la época en el archipiélago.
El interior, aunque pequeño, invitaba al recogimiento. La imagen del Santo Ángel de la Guarda presidía el espacio, simbolizando la protección divina sobre los cultivos y las familias que sobrevivían en un entorno a menudo hostil debido a las sequías.
El Ángel que dio Nombre a una Tierra
Es fascinante observar cómo la fe y la toponimia se entrelazan en este rincón majorero. Originalmente, el asentamiento era conocido simplemente como «Casillas», debido a las pequeñas viviendas dispersas que configuraban el lugar. Sin embargo, tras la consolidación de la ermita y la creciente devoción al Santo Ángel, el pueblo comenzó a ser identificado como Casillas del Ángel.
Este cambio de nombre marca un hito en la historia local, elevando el estatus del asentamiento de un simple grupo de viviendas a una comunidad con identidad propia, centrada en su fe y en su patrimonio arquitectónico.
Legado y Significado Actual
Hoy en día, la Ermita del Ángel permanece como un recordatorio de la resiliencia de los antiguos habitantes de Fuerteventura. Aunque con el paso de los siglos el centro de la actividad litúrgica se trasladó a la majestuosa Iglesia de Santa Ana, la pequeña ermita original sigue siendo el símbolo fundacional.
Su importancia trasciende lo religioso; es un Bien de Interés Cultural que narra la evolución social de la isla. Visitarla es hacer un viaje al pasado, a una época donde cada piedra era colocada con esfuerzo y cada oración era un lazo de unión comunitaria.
La conservación de este espacio es vital para que las futuras generaciones comprendan que Casillas del Ángel no es solo un punto en el mapa, sino un lugar nacido de la devoción y la arquitectura tradicional que ha sabido resistir el paso de los siglos bajo la atenta mirada de su Ángel Custodio.
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La vida de Juan Perdigón Gutiérrez (1895-1966) es una crónica de resistencia y dignidad que une las áridas tierras de Fuerteventura con los muelles de Santos y las fábricas de São Paulo. A diferencia de la imagen romántica del artista aislado, Perdigón fue, ante todo, un líder obrero y un militante anarquista inquebrantable, cuya existencia estuvo marcada por el constante vaivén transatlántico de su familia, víctimas de las sequías y el caciquismo majorero.
El origen y la «huida» de la guerra
Nacido en Casillas del Ángel en 1895, su nacimiento se produjo en uno de los retornos de su familia desde Brasil. Su infancia fue un mapa de migraciones: de Fuerteventura a Santos, luego a Uruguay y de vuelta a Brasil. Un dato crucial en su juventud fue la decisión de su padre de embarcarlo nuevamente hacia América para evitar que fuera reclutado para la Guerra de Cuba, salvándolo de un conflicto que desangraba a los hijos de las familias pobres canarias.
El liderazgo en los muelles de Santos
Ya asentado en Brasil, Perdigón se convirtió en una figura central del anarcosindicalismo. Su activismo se desarrolló principalmente en Santos, cuyo puerto era el epicentro de la lucha obrera brasileña, así como en São Paulo y Río de Janeiro. Bajo el nombre de João Perdigão, luchó por conquistas hoy fundamentales: la jornada de ocho horas, el derecho a huelga y la cultura para el trabajador. Su firmeza le valió una persecución implacable, con múltiples detenciones y la sombra constante de la deportación.
Resistencia bajo un nuevo nombre
Hacia 1928, para escapar de la represión policial que buscaba expulsar a los «agitadores extranjeros», tomó una decisión radical: adoptó su segundo apellido y pasó a llamarse João Gutiérrez. Bajo esta nueva identidad se refugió en Sorocaba, en una granja-comuna dirigida por compañeros ácratas. Allí se casó con una mujer cuyo nombre era toda una declaración de principios: Anarquía de Caria, con quien formó una familia de seis hijos, manteniendo viva la llama de sus ideales en la intimidad de su hogar y su comunidad.
Un legado de «auroras»
Juan Perdigón falleció en 1966, habiendo pasado de ser un «campesino pobre» destinado a la miseria a convertirse en un referente ético del movimiento obrero sudamericano. Su biografía, rescatada recientemente por el historiador Jesús Giráldez en su libroEntre el rubor de las auroras, nos recuerda que los emigrantes canarios no solo exportaron mano de obra, sino también semillas de emancipación social. Fue un hombre que, como él mismo escribió, vivió la época «como una tempestad», convencido de que la justicia surgiría siempre, inevitable, como el rubor del amanecer.